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Escrito por Víctor Maldonado
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Miércoles 13 de Enero de 2010 17:27 |
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Hace poco un alto dignatario oficial ofreció una declaración que hubiese dejado al mismo Carlos Marx echando espuma por la boca. El funcionario público despachó siglos de debate económico y decenas de aproximaciones al concepto cuando pontificó que “el alimento en Venezuela no se puede seguir viendo como una mercancía, sino como una necesidad y un derecho del pueblo, y así tendrán que aceptarlo y creemos que así se está entendiendo" en el empresariado venezolano.
Más allá del toque sentimental y demagógico que contiene esa afirmación, lo cierto es que garantizar la manida soberanía alimentaria del venezolano no pasa por los buenos deseos y la construcción de frases ingeniosas. Se tiene que organizar una producción suficiente para que los venezolanos mantengan un consumo per cápita anual de 97,8 kilos de cereales, 56,7 kilos de carnes, 114,7 litros de leche y 5,5 kilos de huevos, entre otros rubros importantes de su dieta habitual. Ya quisiera el gobierno socialista que este esfuerzo titánico fuera el resultado de la nueva ética socialista y del hombre nuevo que la revolución insiste en crear. Sin embargo, cada vez que nos corresponde auscultar la condición de nuestra industria agropecuaria nos encontramos reiteradamente con el fracaso de la propuesta.
Este gobierno se ha paseado una y mil veces por la idea de que la economía puede regirse por otras leyes diferentes a las del mercado capitalista. Ha perdido en ese empeño mucho tiempo y muchos recursos. Ha tratado de imponer una modalidad de producción sin que medie “la explotación del capital sobre la fuerza de trabajo” olvidando que aun renunciando explícitamente a una definición tan odiosa de la empresa, quedan pendientes la organización del trabajo y las insustituibles relaciones de autoridad y jerarquía. Han fracasado en cada una de las experiencias donde ellos han insistido en la condición endógena del trabajo revolucionario, sin jefes y sin ninguna jerarquía que exija el cumplimiento de las tareas. Llámense fundos zamoranos, empresas cooperativas o de producción social, lo cierto es que dada la ausencia del estímulo capitalista, los resultados comienzan a menguar hasta el punto de no ofrecer ninguna otra cosa que la tétrica imagen de la quiebra. De cada una de esas experiencias lo único que ha quedado es el reclamo de los trabajadores a su patrón para que les reconozca derechos inalienables derivados de su relación de trabajo.
El gobierno aprendió por tanto que su potencia de arranque de nuevos proyectos era muy mala. Pero tampoco era mejor la administración de empresas del Estado. Diez años después las empresas de Guayana demuestran que la gerencia no es el espacio más propicio para los experimentos socialistas. El presidente creyó que allí, en la cuna más prolífica del proletariado nacional, podría surgir el hombre nuevo. Brigadas revolucionarias, milicias y un esquema muy particular de cogobierno que no aflojó nunca la propiedad de los medios de producción, condujeron a una debacle que solo necesitó el empujoncito de la crisis económica mundial para demostrar que no es posible disfrutar de una riqueza si no se genera productivamente. Pero esa era la promesa que se planteó: beneficios ampliados sin tener que hacer el esfuerzo. La dirigencia sindical de Sidor se mostró lo más entusiasta con esa posibilidad y casi que impúdicamente la vimos correr raudos y veloces hacia la quiebra. Ahora no tienen ni como cobrar las utilidades de fin de año.
En un tercer momento decidieron que dados sus fracasos, lo mejor era ocupar empresas y posteriormente expropiarlas. En el ínterin podían incluso aprender las mejores prácticas que permitían mantener esos proyectos a flote. Ya estamos viendo los resultados operativos de empresas eléctricas, telecomunicaciones y pronto asimilaremos las financieras. Una caída constante de su productividad es el común denominador, entre otras cosas por un detalle que a ellos les luce ideológicamente insignificante: No es posible producir un bien o un servicio por debajo de los costos. No es posible porque en la siguiente oportunidad no hay como pagar el costo de los insumos y el resto de los factores de producción, tampoco alcanza para financiar impostergables tareas de mantenimiento, y menos para responder por los sueldos y salarios.
Algunas empresas del Estado han comenzado a canibalizar a sus proveedores. PDVSA ofrece un pacto imposible de no considerar. Aquellos suministradores problemáticos son negociados. Primero se les ofrece pagar el equivalente a la nómina, pero no la factura completa. Y finalmente son devorados, como ocurrió finalmente con las empresas de la Costa Oriental del Lago. La ruina social es evidente, porque la empresa estatal no consideró entre sus cálculos, el inmenso daño que ocasionaba a los beneficiarios indirectos de esas relaciones comerciales.
Hasta aquí hemos visto el esfuerzo ideológico de tapar el sol con un dedo. Lo realmente insólito es la declaración formal de que algunos bienes dejan de ser mercancías, por obra y gracia de la voluntad revolucionaria. El mismo Carlos Marx confirmó que la riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista aparece como una gigantesca acumulación de mercancías. Para despecho del ministro venezolano de alimentación, su mentor ideológico definió clara y precisamente el concepto. La mercancía es una cosa que, por sus propiedades, satisface necesidades humanas de alguna clase, sin importar qué tipo de necesidad es. Lo mismo da que sea el hambre o el prestigio lo que está marcando la ansiedad de posesión y uso del objeto. Tampoco se trata de cómo satisface la cosa la necesidad humana, continua el pensador, si inmediatamente como medio de subsistencia, esto es como objeto de goce, o por un rodeo, como medio de producción.
Lo cierto es que una cosa, cuando es útil, entonces es una mercancía. Aquí comienzan los marxistas del siglo XXI a patinar, porque intentan intervenir el libre albedrío del hombre para proponer lo que una persona tiene que considerar como útil o como fútil. Si alguien quiere saber el origen de la macabra conspiración de autoritarismo y represión que exhiben los socialismos reales, aquí lo encuentra: “Ser rico es malo”. Entiéndase como “acumular mercancías” es malo. El socialismo se entrampa entonces en la difícil tarea de asolar la productividad de un país y luego arruinar al ciudadano proponiéndole como única alternativa la tarjeta de racionamiento.
Las mercancías son bienes útiles que tienen un precio en el mercado. Adam Smith fue de los primeros que dijo que el “valor de uso de una mercancía” es su utilidad social como rasgo objetivo. Allí no hay demasiados desacuerdos con Marx. También el fundador del liberalismo económico habló de valor de cambio, pero fue Marx el que lo perfeccionó al proponer que era “la razón cuantitativa, la proporción en la cual se cambian valores de uso de una clase por valores de uso de otra clase, medidos por el trabajo socialmente necesario para producirlas. El cuento se simplifica si hace su aparición el dinero como mediador universal del valor de las mercancías, como representante del esfuerzo comprometido en ofrecer una mercancía y la expectativa de seguirla produciendo.
A nadie le debe extrañar que el régimen haya quedado encallado en la medición no monetaria del tiempo de trabajo socialmente necesario para elaborar un bien, como intento de renunciar al dinero para volver al trueque. Si no fuera porque este gobierno ha hecho gala de una osadía sin parangón, este intento sería solo considerado al revisar la historia de la estupidez humana. Pero lamentablemente no es así. El gobierno apuesta con seriedad a una economía no monetaria, y por lo tanto, pre moderna.
Pero volvamos a las ocurrencias de Felix Osorio. ¿Son o no son los alimentos mercancías? ¿Deben o no seguir formando parte de la oferta y demanda tradicional de mercancías? Charles Lindblom nos recuerda dos aspectos de la vida contemporánea que no se pueden olvidar: El primero es que hay objetos de valor que tienen la característica de que a todo el mundo le complace el tenerlos. A eso se le llama dinero. El dinero es el gran simplificador de las transacciones en el mercado, visto que su valor universal supera las dificultades del trueque. El uso del dinero produce un desplazamiento desde la economía doméstica a la producción de bienes y servicios para la venta, única forma de atender demandas masivas como el caso de la “soberanía alimentaria”. El segundo es todavía más esencial para entender los peligros a los que estamos expuestos: “cualquier sistema de cooperación basado en el voluntarismo activo siempre será insuficiente. Se necesita algo más. Para eso están el derecho, la costumbre, la cultura y los valores, desde donde ha surgido la economía monetaria y la solidaridad no altruista de la división del trabajo. En suma, lo mejor que nos podría ocurrir es que Osorio se olvide de sus disquisiciones y “permita” que los alimentos sigan siendo el objeto del intercambio pacífico mediante el dinero.
Hay que reconocer la valentía del funcionario. A estas alturas del artículo todos entendimos que un bien es una mercancía porque ella cumple con el atributo de satisfacer una necesidad real o cultural, no importa. Empero, todos los años de sesudos estudios revolucionarios le permiten hacer una escisión entre mercancía y utilidad/necesidad cuando se trata de los alimentos: "El alimento en Venezuela no se puede seguir viendo como una mercancía, sino como una necesidad y un derecho del pueblo, y así tendrán que aceptarlo y creemos que así se está entendiendo en el empresariado venezolano”. Luego de haber hecho esa declaración, no puede extrañar a nadie que haya instaurado un nuevo derecho de confiscación y expropiación en nombre del pueblo. Hasta allí llegan las riveras del heroísmo marxista y comienzan las putrefactas aguas de su fracaso. ¿Qué piensa hacer el ministro con las necesidades del pueblo?
Pero la confiscación y expropiación de hoy no resuelve el hambre de mañana. La profecía auto cumplida por el proceder oficial es la ruina social. Porque les guste o no, los alimentos son una mercancía que hay que producir y distribuir. Les guste o no, los seres humanos son más interesados que altruistas, y por lo tanto no trabajan si no obtienen retribución. Osorio leyó mal a Marx, quien nunca dijo que el trabajo no tenía valor, sino que era objeto de la explotación capitalista que se apropiaba de su plusvalía. Así que tendrá que pagar un salario competitivo para lograr que le sigan el hilo a su discurso. Y los costos de la falta de expectativas y la desconfianza que su ignorancia económica genera en los actores sociales. Por lo tanto la pregunta que dejo para la digestión de nuestros lectores no es si los alimentos son mercancía sino una más elemental pero más humana: ¿Habrá comida mañana?
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Titularización de proyectos inmobiliarios |
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Escrito por Gerardo Hernández Dávila
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Martes 12 de Enero de 2010 21:48 |
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La Ley de preventa de vivienda en proceso de construcción o aún no construidas que la Asamblea Nacional aprobará en breve, coloca a constructores y promotores inmobiliarios en el dilema de seguir produciendo bajo el esquema regulatorio y sancionatorio que plantea la Ley, o dirigir esfuerzos e inversiones hacia otros sectores, porque nadie estará dispuesto a aferrarse a un negocio improductivo. No existen garantías para que los legisladores incorporen al instrumento las propuestas de los gremios relativas a mecanismos que consideren el ajuste por inflación en el precio de las propiedades, como a dar flexibilidad a los lapsos de entrega de las viviendas debido al tortuoso camino que imponen, hoy más que nunca, la escasez de materiales de construcción, la permisología (antes, durante, y después de haberse terminado el desarrollo), la gestión de créditos hipotecarios (al constructor y al comprador), y el letargo y cambios constantes de reglas de juego que caracterizan a los registros inmobiliarios. La preventa inmobiliaria se aplica con el triple propósito: primero, para facilitar al comprador el pago en forma fraccionada de la cuota inicial del inmueble; en segundo lugar, adquirir un inmueble cuyo precio final de venta estará significativamente por debajo del valor de mercado al momento de la protocolización y entrega física, y en tercer lugar, para dotar al productor la liquidez que le permita acometer el desarrollo. Se inserta también en la necesidad de obtener financiamiento fresco frente al efectivo escaso, y al insuficiente crédito bancario vía gaveta hipotecaria obligatoria o de otras fuentes financieras. Más allá de la preventa que hoy se convierte en una vía riesgosa para capitales y activos inmobiliarios, hay otras figuras de financiamiento alternativo para continuar produciendo viviendas. La titularización en proyectos inmobiliarios a través del establecimiento de fondos que junto a los recursos depositados por los promotores capitalicen aportes de inversionistas pequeños y medianos, mediante la oferta privada de acciones, constituye un camino menos espinoso que la preventa regulada para impulsar soluciones habitacionales. Una acción por metro cuadrado adquirida al momento de iniciarse la obra se revalorizará en los dos o tres años que dura el desarrollo, y una vez culminado, el inversionista puede retirar su aporte y su rentabilidad. La titularización, como participación en un proyecto de construcción está extendida en el mundo. Sus inicios datan de la gran depresión de los años 30 en Estados Unidos, pero ha sido a partir de la década de los 70 cuando ha sido más utilizada en ese país. Inglaterra, Francia y España, también asumieron este sistema en los años 80. En América Latina Colombia ha sido el país pionero desde 1992, seguido por México. La titularización de activos inmobiliarios contribuye a reducir los costos financieros en la construcción y facilita la comercialización de proyectos. Esta figura brinda a los inversionistas la oportunidad de participar en la valorización de propiedades inmobiliarias, tanto en las destinadas a la venta como al arrendamiento; a corto o a largo plazo. Una vez culminado el proyecto inmobiliario se procede a la venta del mismo a precios de mercado y se le notifica al inversionista el monto invertido mas sus gananciales, teniendo éste las opciones de vender su participación, de recomprar otros títulos para nuevos desarrollos, o una combinación de ambas. La titularización puede realizarse mediante oferta privada (entre un grupo de conocidos y relacionados), o por oferta pública con la comercialización de títulos valores en el mercado de capitales, donde empresas inmobiliarias venezolanas han incursionado con éxito. Solo tendríamos que esperar que el Estado venezolano, en todas sus instancias, asuma con responsabilidad su rol, destinando suficientes fondos y subsidios, eliminando las alcabalas de la permisología, promoviendo y garantizando la participación privada.
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Retención en la fuente y recuperación de créditos fiscales |
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Escrito por Juan Antonio Golia
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Martes 12 de Enero de 2010 21:29 |
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La retención en la fuente es un mecanismo de recaudación de anticipos de impuestos consagrado en el Código Orgánico Tributario mediante el cual, determinadas personas físicas o morales, ajenas a la Administración Tributaria son designadas, ya sea por sus funciones públicas o por sus actividades privadas, como agentes responsables de efectuar la retención del tributo correspondiente para enterarlo al Fisco.
De acuerdo con el artículo 27 del Código Orgánico Tributario, una vez efectuada la retención, el agente es el único responsable ante el Fisco por el importe retenido, e incluso, de no realizarla, responde por ello solidariamente con el contribuyente.
Contrariamente a esta previsión normativa de rango legal, el artículo nueve de la Providencia Administrativa SNAT/2005/0056, del 27 de enero de 2005, la cual es de rango sublegal, publicada en la Gaceta Oficial número 38.136, del 28 de febrero de 2005, establece que sólo son recuperables los créditos fiscales declarados en exceso, “cuando las respectivas retenciones hayan sido debidamente declaradas y enteradas por los agentes de retención y se reflejen en el estado de cuenta del contribuyente”, lo cual resulta ilegal y contrario a toda lógica.
Como también resulta ilegal el contenido de la referida providencia respecto al procedimiento de retención en sí -asunto que ya ha sido tratado en otras ocasiones en este mismo espacio- entre otras razones, por cuanto los créditos fiscales objeto de retención no son impuestos del contribuyente -por tratarse de impuestos indirectos- sino el importe soportado por dicho sujeto pasivo al adquirir bienes o servicios gravados, a los fines de la determinación de su impuesto al adicionarle los débitos fiscales generados por sus ventas. Es por ello, entre otras razones, que la providencia en cuestión ha sido objeto de múltiples solicitudes de nulidad y amparos constitucionales que aún reposan en el Tribunal Supremo de Justicia, y que por razones de espacio no haremos referencia en esta oportunidad.
Esta situación inicua se agrava cuando observamos que el Fisco Nacional apela de la sentencia N° 079-2006, de fecha once de abril de 2006, emanada del Tribunal Superior de lo Contencioso Tributario de la Región Zuliana, mediante la cual se declaró parcialmente con lugar el recurso contencioso tributario contra la decisión administrativa que habría rechazado los créditos fiscales reflejados en la declaración del impuesto al consumo suntuario y a las ventas al mayor por “falta de comprobación” y por “proveedores no localizados”, no habiendo utilizado la contribuyente en vía administrativa ni en la jurisdiccional medios de prueba para localizar a sus proveedores, por lo que a su juicio no logró desvirtuar en ninguna de las dos instancias el contenido del rechazo fiscal por los conceptos antes mencionados.
En sentencia número 01392, del seis de octubre de 2009, producida por la Sala Político Administrativa del Tribunal Supremo de Justicia, publicada el día siguiente, se declaró Sin Lugar la apelación, entre otras razones, porque la contribuyente sí demostró la existencia de los proveedores.
Sin embargo, consideramos que no corresponde al contribuyente comprobar la existencia de proveedores, a menos que la Administración detecte fehacientemente que determinado proveedor no existe, en cuyo caso, debería indicar de forma expresa que el contribuyente “equis”, con RIF J-00, no aparece registrado en el sistema.
En este orden de ideas, reproducimos de seguidas la exposición de los abogados de la recurrente en el caso expuesto, en el sentido que: “el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (SENIAT) no puede desconocer los créditos fiscales efectivamente soportados por su mandante, por el hecho de que sus proveedores no fueron localizados o porque éstos no presentaron los documentos que se les requirieron, pues los funcionarios actuantes tienen el deber de investigar exhaustivamente para establecer la existencia de dichos créditos fiscales”.
Por su parte, la representación del Fisco, como ya señalamos, alega en su escrito de apelación: “que la Administración Tributaria debe comprobar los supuestos para la procedencia de la recuperación de créditos fiscales, ‘estando obligada a verificar la información suministrada por los contribuyentes, y de no ser comprobado, evidentemente es que procede el rechazo’; y que, en el caso concreto, la contribuyente no utilizó en la vía administrativa ni en la jurisdiccional medios de prueba para localizar a sus proveedores, por lo que no logró desvirtuar en ninguna de las dos instancias el contenido del rechazo fiscal”. Este argumento que pareciera tener cierto sentido en realidad no lo tiene, si consideramos que, amén de sus amplios poderes de inspección, es la Administración la que tiene una plataforma tecnológica denominada SIVIT -Sistema Venezolano de Información Tributaria- la cual le permite conocer en tiempo real quienes son o no contribuyentes ordinarios del IVA.
En efecto, la representación judicial de la contribuyente, promovió la prueba de inspección judicial, con el objeto de demostrar que sus proveedores aparecían registrados en dicho Sistema Venezolano de Información Tributaria (SIVIT) la cual al ser evacuada en presencia del Tribunal arrojó los RIF de los contribuyentes ordinarios que según la Administración no habían sido localizados.
En todo caso, como lo asienta la sentencia del Alto Tribunal, el sistema SIVIT es operado solamente por la Administración Tributaria, por lo que, ningún ciudadano puede consultar los datos que allí reposan, ya sean de él mismo o de otro contribuyente, sino a través de los procedimientos judiciales permitidos por la Ley, razón por la cual, la comprobación de la existencia de los proveedores por parte de los contribuyentes no puede considerarse un requisito para que estos recuperen sus créditos fiscales. |
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Escrito por C.E. Tinoco G
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Martes 12 de Enero de 2010 21:17 |
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En el libro titulado “La era de las turbulencias: Aventuras en un nuevo mundo”, Alan Greenspan le dedica todo un capítulo a latinoamérica y el populismo. En su opinión, el populismo, palpable en países como el nuestro, tiene poco de cerebral pues sus practicantes no realizan un análisis formalizado de las condiciones necesarias para la creación de riqueza y el aumento del nivel de vida. Afirma Greenspan que la mejor prueba de que el populismo es ante todo una respuesta emocional, es que no parece retroceder ante sus repetidos fracasos. Sobrecargado por su escasez de concreciones de política económica significativas y por la incontinencia fiscal, el populismo a fin de atraerse fieles, no le queda otro remedio que atribuirse una justificación moral. En consecuencia, los dirigentes populistas en lugar de tener conocimientos, lo que necesitan es “lucir el aura” de saber lo que hacen, y para tal fin la más de las veces usan el recurso minimalista del sentido común.
Así por ejemplo, uno de éstos líderes en un programa de televisión un domingo cualquiera y utilizando su sabiduría de taxista, puede pensar que a fin de beneficiar tanto a depositantes como a tomadores de préstamos, un banco del estado debe subir la tasa pasiva y bajar la tasa activa. La consecuencia real de éste pensar es la obtención de un nuevo punto de equilibrio más crítico, en virtud del cual el banco quebrará en lo adelante con mayor frecuencia.
Con relación a la calidad de vida proporcionada por éste modelo que funciona a punta de “common sense”, un indicador que la refleja es precisamente el PIB per cápita. De acuerdo con la data del Fondo Monetario Internacional y para el año 2008, el PIB per cápita en dólares a valor de paridad de poder adquisitivo en Estados Unidos fue de US$ 46.859, mientras que para Venezuela fue de US$ 12.785. En otras palabras, la calidad de vida en el imperio y para el año en cuestión, resultó 3,66 veces mejor que en nuestro país.
Si utilizamos de manera combinada la data que proporciona el Banco Central de Venezuela y el Instituto Nacional de Estadísticas, obtenemos un PIB per cápita, a precios constantes de 1997, de Bs 496,5 para Junio 2009 que comparados con los Bs 516,9 de Junio 2008, implican una variación de –3,9%, magnitud ésta que resulta mucho más crítica que la de –2,4% reportada para el mismo período y para el PIB consolidado.
Greenspan afirma que tal y como lo sentenciaron Rudiger Dornbusch y Sebastian Edwards, al final de todo experimento populista, los salarios reales son más bajos de lo que eran al principio y yo añado, en línea con las estadísticas anteriormente presentadas, que la calidad de vida empeora. Horacio ya lo dijo en sus Epístolas: “...Pueden expulsar a la naturaleza con una horquilla, pero ella siempre volverá y les estallará en triunfo a pesar de su tonto menosprecio”. |
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