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Mucho Gusto

por Alberto Soria

No es tinto, es pardo

 

Anda la gente del dinero comprando mucho vino este fin de año, y el fenómeno de la noche donde todos los gatos son pardos, la golpea sin que se dé cuenta.

No hay falsificaciones sino engaños. Por desconocimiento, desidia y mal manejo entre los que ofrecen. Y avaricia infantil entre los que se quedan con las botellas, al querer comprar barato lo que nunca puede serlo.

¿Qué tantas grandes botellas de los mejores productores europeos llegan hoy a Venezuela? Pocas. Escasas. ¿Qué tantas “grandes botellas” se venden en Caracas? Muchas. Más de las que usted y el Seniat se imaginan.

Comprender el universo de la oferta es fácil. Cada gran marca que exporta desde Francia, Italia, España, Chile y Argentina, por ejemplo, tiene un importador y una distribuidora. Son los obreros del vino: trabajan todo el año, están en todas partes, y ofrecen vinos baratos, medianos, costosos y buques insignias. Después están los pescadores: tiran un anzuelo aquí y otro allá; pescan botellas que compran en origen a revendedores, y pescan clientes, preferentemente corporativos. Son los que venden botellas utilizando el juicio de otros, porque el de ellos no alcanza: “Parker dijo”, “The Wine Spectator escribió”. Así, el tinto salta de 40 dólares a 70 por botella. Después están los chulos. Los que montan botellas en un container con ayuda, y las ofrecen como mercancía deseada, pero prohibida: “Tengo un Pesquera ahí, sin sello, pero buenísimo”. “Tengo un Burdeos demasiado bueno. Pero no riegues el dato que no hay. Son pocas botellas. Calidad”. La base de la pirámide la constituyen los deshonestos a conciencia: Venden vinos vencidos, recogen desechos de inventarios y los ponen en oferta, engañan a su madre y la familia con los vinos que descorchan en casa en Navidad y Año Nuevo.

Para completar el desconcierto, a una sociedad donde no los hay ni se fabrican, las empresas exportadoras mandan enólogos de visita. Enólogo es un universitario que, a sueldo de una empresa y por encargo de ésta, hace el vino que le piden. Los chulos les roban las tarjetas o se las copian. Ser enólogo hoy es tan sexy como ser chef, no cocinero. Entonces el enólogo de visita por primera vez en países tropicales habla de que su vino puede vivir “sin ningún problema” cinco o diez años en la botella. Miente, exagera, alarga el señor enólogo invitado. No explica que la temperatura ambiente depende del ambiente. Si hace calor, hay que atemperar las botellas. Si hace frío de congelación, hay que calentarlas. Ninguna botella dice en su etiqueta “sírvase caliente, o congelada, pero siempre a temperatura ambiente”. Tampoco se proclama en la etiqueta “consérvese, que cuanto más viejo mejor”.

El fenómeno del tinto convertido en pardo se extiende, se expande, ahora que las parrilladas han decidido convertirse en boutiques de vino. Desde siempre se dedicaron al whisky. Al fin de cuentas, complejo aquí ese mundo no es, pues no se venden sino siete u ocho marcas conocidas. Pero en el vino hay decenas de marcas, centenares de opciones, y categorías con miles de botellas como varietales, crianzas, reservas y grandes reservas. La gran diferencia entre los vinos y los destilados es que los primeros viven en la botella hasta su muerte. De la cual el comensal no se entera sino cuando por descuido, negligencia o trampa, él la descorcha a destiempo.

Pocas compañías, escasas como los dedos de las manos, embarcarán a sabiendas vinos vencidos. Pero todas, ciento por ciento de ellas, saben cuándo “está fresco”, y cuándo ha pasado meses y meses almacenado en origen esperando un pedido. Después viene la odisea del puerto y la aduana. La Guaira es un horno de envejecimiento acelerado. Margarita es peor. Al consumidor acucioso no le queda sino preguntarle al importador. Él, como un médico, tiene la ficha de vida de cada botella. No son muchos. Búsquelos y pregunte. Si le mienten quedarán en evidencia en el descorche y perderá a un cliente. En realidad, perderemos todos. Ahora que la sociedad venezolana hacia el vino, los fabuladores, los pescadores y los chulos sobran. Y hacen falta menos, pero mejores vinos.

Asesor de Nuevos Medios: Alcides León
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