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Mucho Gusto

por Alberto Soria

El fenómeno del vino

 

Si algo tiene perspectiva en Venezuela en 2006 es el vino. Es una tendencia mundial que en 2005 impactó el mercado nacional. Tomó desprevenida a la gente del dinero. Es una tendencia que nace del consumo, del sujeto y su pareja, no de las oficinas de mercadeo.

Este año ocurrió que cuando el consumidor salió a buscar, comparar, probar, descartar, aprender y disfrutar, se encontró con que no estaban aquí los vinos de los que había oído hablar, no había locales suficientes, los nuevos sitios saben poco o nada de vinos, faltan copas, no hay mesoneros adiestrados, no alcanzan los sacacorchos, y nadie tiene termómetros en los restaurantes donde se venden botellas de un cuarto de millón de bolívares.

Se facturó mucho, como nunca. Pero se perdió dinero. Dinero en oportunidades de vender más. Y dinero por repetición perdida, porque en lugar de agradar y complacer, se ahuyentó a clientes seguros y a potenciales.

Este es mi análisis sobre el fenómeno:

Importadores y distribuidores: Las casas productoras de vino de Chile, Argentina y España se encontraron que aunque querían colocar nuevas botellas, no tenían quién las importara y distribuyera. Los grandes ya tienen sus contratos, sólo hay espacios para nuevos y pequeños. Incluso dos colosos del whisky y los spirits, decidieron crear divisiones especiales para importar vinos utilizando las redes por la que ya circula el alcohol. La oportunidad como perspectiva económica está siendo explotada por una decena de nuevos importadores. Los productores hacen colas.

Supermercados y tiendas especializadas: Los líderes que han revolucionado el sector hicieron grandes esfuerzos: dedicaron más espacio, acondicionaron áreas especiales, le prestan atención al tema. Ahora miles de consumidores se paran diariamente ante miles de botellas cuyas etiquetas dicen lo mismo.

Wine bar: Es el nuevo tipo de local. Ya hay cinco en Caracas y seguramente abrirá por lo menos uno en ciudades importantes. Los accionistas creen que es como darle un tiro al piso. A veces se lo dan en una pierna: no saben, no forman personal, no se asesoran, y terminan dándole más importancia al DJ y su música que al descorche. O si saben, algunos estrujan al consumidor asiéndole bajo el eslogan “Aquí están, estos son”.

Restaurantes: Los restaurantes crecen en vino. Tanto, que en algunas parrilladas emblemáticas el vino ha desplazado al whisky. Los veteranos en el sector sonríen: el mercado les ha dado la razón. Los abusadores también sonríen: compran botellas a veinte mil bolívares y las venden a setenta y ochenta.

La pantalla: En la abundancia de ganas, los aventureros hacen sus cosechas. Montones de carajitos.com creen que los norteamericanos son la biblia. El mercado irá decantando promotoras disfrazadas de catadoras, especialistas en refrescos y hamburguesas iluminados ahora por el vino, y nuevos expertos que crecen como plaga, como crecieron los “chefs” que no cocineros, incapaces de mantener el éxito de un local mas allá de los tres años.

El fenómeno: Se trata de un hecho cultural, no de una moda. Tiene que ver con los estilos de vida, las aspiraciones, la salud, las armonías gastronómicas, la seducción. No es un problema de etiquetas y bajos precios. Ni una cosa puntual, como un curso de Power Point. Es un fenómeno cultural y, por tanto, proceso. Para que haya perspectivas, uno cree que así hay que entenderlo.

alberto@soria.as

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