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Gerencia

Por Victor Maldonado *

¿Pequeñas sin grandes?

 

A este Gobierno le molestan y le inquietan las grandes empresas y corporaciones. Sobre todo aquellas que no están bajo su control directo y que no aceptan mansamente las indicaciones estratégicas de su nuevo modelo económico. Para el modelo socialista del siglo XXI sería mucho más cómodo lidiar con pequeñas unidades de producción que dependan de la renta nacional por la vía de los créditos del Estado y otras concesiones públicas, habida cuenta que el interés supremo del Gobierno es esencialmente político. La economía y el sector privado pueden esperar. Total, el dueño de la renta petrolera y el supremo administrador del fisco nacional esta encarnado en la figura presidencial.

El juego económico así planteado tiene la siguiente configuración: el negocio energético, la electricidad, la explotación de los minerales, los canales de distribución de alimentos, la construcción, el turismo y las telecomunicaciones, tarde o temprano estarán bajo el control directo o la estrecha supervisión del Gobierno. Y el resto en manos de pequeñas unidades de producción, empresas cogestionarias y cooperativas. De un lado, el lomito del mercado venezolano, del otro, las actividades de menor crecimiento, en manos del pueblo venezolano.

Las empresas venezolanas han visto impávidas cómo el Gobierno se ha convertido en su principal competidor. Si el Gobierno piensa que hay un sector que está creciendo rápidamente, allí se coloca con una nueva empresa. Basten tres ejemplos: la red Mercal, CVG Telecom y Mercal Ticket. En cada uno de ellos hay un mensaje claro y preciso: El Gobierno piensa ocupar todos los espacios económicos posibles, sin que necesariamente medie el debido análisis de factibilidad económica y de conveniencia política o social.

Un segundo factor del nuevo modelo tiene que ver con el afán de crear una nueva clase económica. Mejor nuevas que establecidas, pareciera ser la consigna. Alrededor de la gigantesca renta petrolera se ha congregado una multitud de nuevos proyectos de empresas que están esperando por la oportunidad del crédito barato y poco exigente. Ese inmenso esfuerzo fiscal del Estado venezolano no se ha convertido en un incremento sustancial del parque industrial y empresarial. Lo que verdaderamente ha ocurrido es la creación de una nueva capa de contratistas y concesionarios de las tareas del Gobierno que hasta ahora no han demostrado tener otro mercado que las buenas relaciones y las afinidades políticas. Después tenemos el parque empresarial tradicional, que está aprovechando el auge de la economía petrolera, que tiene una oferta consistente de bienes y servicios, y que por lo tanto sigue en el mercado e incluso está aprovechando “el dinero que está en la calle”. A este grupo se le está marcando el paso. El Seniat encabeza una brigada de choque que está utilizando desproporcionadamente las atribuciones que le confiere la ley. Inicialmente la orden es el cierre como medida ejemplarizante, pero que ahora todo el mundo observa como una forma legal de retaliación convertida en la obsesión de la reina de corazones del conocido cuento de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas. Recuerden a la reina que gritaba frenéticamente “que les corten la cabeza, que les corten la cabeza” ante cualquier eventualidad.

Hay que decir, además, que un fantasma recorre todavía el sector privado venezolano: la lista de Tascón, convertida ahora en una herramienta del pudor socialista. No es que la proclamen ni que la auspicien. Ahora se ha convertido en el requisito cultural para mantener un vínculo con el Estado; en la justificación de la discriminación o la postergación, o en una disposición de “perdonavidas” cuando el contacto se hace imprescindible.

Lo que efectivamente está ocurriendo es un desbalance indebido del poder. El Gobierno se siente guapo y apoyado, y por lo tanto capaz de adelantar su modelo socialista en todas las instancias posibles; el sector privado tragando grueso ante todas y cada una de las arremetidas, y las empresas populares, sirviendo de público de galería, aplaudiendo cada oportunidad en la que reciben más y más recursos.

La imagen de lo que puede ocurrir la tenemos al frente, en Cuba. El gobierno socialista es el dueño de todas las empresas. Acepta inversiones privadas, porque no tiene más remedio, pero las condiciona al hecho de no poder seleccionar sus empleados, ni negociar con ellos ninguna cláusula salarial. La empresa privada opera en Cuba con empleados públicos, cobrados en dólares y euros, y pagados en pesos cubanos, que ni siquiera hoy tienen tanta capacidad de compra. También toleran algunos emprendimientos privados muy pequeños, como los paladares, suerte de restaurantes caseros, muy bien controlados y a los que se les exige el pago de unos impuestos excesivos. Y cuando el gobierno quiere, los cierra.

Nadie puede dudar de si fuera por Chávez, ese sería el modelo perfecto. Un país sin grandes inversiones privadas, poblado de artesanos y pequeños contratistas del Estado. Como el objetivo central es político, la lógica es lograr en el menor tiempo posible el máximo control. Y dentro de esa estrategia no cabe el pensar en un país de propietarios que confluyen en un mercado denso y dinámico. Tampoco se admite una relación de articulación productiva entre grandes empresas y sus proveedoras más pequeñas, porque significan un espacio para la libertad y el comercio que no es admisible.

Lo único previsto es el control. Para el Presidente lo importante es “demoler el viejo régimen en lo ideológico. Por todos lados, la idea, la idea, la idea, la idea, la vieja idea hay que golpearla, golpearla, golpearla, pero golpearla sin clemencia por el hígado, por el mentón, todos los días, en todas parte, las viejas costumbres, si no lo hacemos, si no las demolemos, ellas nos va a demoler tarde o temprano” (taller de alto nivel El nuevo mapa estratégico, 12 y 13 de noviembre de 2004).

Se han visto casos en los que se demuele para destruir y no para construir. Parece que esta vez nos toca ser protagonistas. Un retroceso en la corriente de modernización asociada al dominio científico y tecnológico, a la competitividad, al uso instrumental de la educación y a la conformación de una institucionalidad que permite la realización del hombre en libertad y con equidad. Todos volcados al basurero de la historia para hurgar qué se le olvidó a Pol Pot, que dejó de lado Ho Chi Min, cuáles fueron los errores de Kim Il Sung, o peor aún, donde están las virtudes de todos esos procesos para seguirlas incondicionalmente.

El Gobierno se equivoca si quiere construir algún tipo de progreso obstaculizando el desempeño privado, oponiendo el concepto de lo pequeño a lo grande, evitando su desarrollo e invadiendo sus espacios. Cuando se acabe este período de auge y vengan los de las vacas flacas se sacarán los saldos finales.

 

e-mail: vmaldonado@tmotion.net

(*) Politólogo Master en Desarrollo Organizacional

Asesor de Nuevos Medios: Alcides León
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