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El gordo

 por Victor Maldonado (*)

Hace algún tiempo me comentó una de mis alumnas un caso en el que se vio involucrada. Estando ella ejerciendo el cargo de analista de reclutamiento y selección de una entidad bancaria, recibió un buen día el currículo de un profesional que parecía cuadrarle perfectamente con una búsqueda que estaba realizando en ese momento. Para ella ese hallazgo era un alivio. Todos los que trabajan en el área saben cuán fatigoso puede llegar a ser la búsqueda de talento. Por eso, cuando todo parece cuadrar entre lo que se está requiriendo y el perfil que se está ofreciendo, rápidamente se procede a concertar una entrevista, no sea que otra empresa tome la delantera y se apropie de un recurso tan escaso.

Dicho y hecho. Inmediatamente levantó el teléfono y llamó al candidato. Para la mañana siguiente se acordó el encuentro. Ese día, muy temprano, todo el escenario estuvo dispuesto. El cuestionario usual había sido preparado. Los formatos de una primera oferta estaban elaborados y guardados discretamente en la primera gaveta del escritorio. El gerente de la unidad también estaba prevenido para iniciar el segundo ciclo de entrevistas de confirmación. Igual cosa se había acordado con el supervisor que había hecho el requerimiento. "Una oportunidad para lucirme", pensaba mi amiga, mientras se frotaba las manos ante el "mango bajito" que Dios le había concedido esa semana. Puntualmente sonó su teléfono. Era la recepcionista de la entrada del edificio, informando que la estaban solicitando. "Déjelo subir" fue la respuesta que soltó apresuradamente. "Un tiro al piso", pensó.

El ascensor se abrió parsimoniosamente. Ella lo oía claramente desde su puesto. Siguió igualmente la pista de sus pasos haciendo eco en el pasillo de acceso. Pronto lo vería y comenzaría el ritual de asimilación. Y efectivamente, así fue: de pronto estuvo presente frente a ella, colmándolo todo con su figura.

Me contó mi amiga que intentó con toda la fuerza de su alma no mostrar en su cara el asombro que la embargó. Su cita era con un gordo descomunal. Pasada la primera impresión, comenzó la entrevista. Efectivamente el sujeto era el candidato ideal. Una tras otra iba demostrando que superaba holgadamente todas las pruebas de la entrevista por competencias. Lo mismo ocurría con la validación de la experiencia. "Todo era asquerosamente perfecto; casi todo...".

Una pausa y un suspiro mediaron entre esa frase y la consiguiente: "Pero no lo puedo pasar a la fase siguiente... no lo van a aceptar", dijo resignadamente. ¿Qué harías tú?, me preguntó mientras buscaba en mi cara algún atisbo de aceptación de lo que ya parecía una decisión firme sobre dejar la cosa hasta allí. Ante la pregunta, mi respuesta fue tajante: ¡Pásalo a las entrevistas siguientes! Si la empresa va a ratificar en los hechos una política implícita de discriminación, que sean ellos y no tú los que asuman esa responsabilidad. Y paradójicamente, así lo hizo. Por supuesto, nadie va a esperar un final feliz para este cuento. El candidato no pasó la prueba.

Ojalá pudiéramos decir que el cuento fue una excepción. Lamentablemente, es una regla muy estricta en muchas de nuestras organizaciones, aunque varíe en sus formatos. Hay uno que exige que todos los empleados vivan en "buenas zonas" y por lo tanto dejan sin oportunidad al resto de los mortales que viven en los extremos de la ciudad. Otra insiste en "puras catiritas bonitas" como si todo se pudiese reducir a un certamen de "carne de primera". Los hay que no los toleran demasiado feos, demasiado gordos, demasiado negros, demasiado bajitos. Unos insisten en "cero defectos", nada de cicatrices, marcas, tatuajes. Pero todos, esos que no pierden un segundo para indicar las condiciones con las cuales el talento termina siendo "políticamente correcto", al mismo tiempo y con la misma energía proclaman a los cuatro vientos su interés por la responsabilidad social, la demostración de sus balances éticos y la confirmación del compromiso que tienen con las mejores prácticas morales.

Tal vez sea mucho más fácil patrocinar una escuela o donar dinero a una buena causa que practicar la tolerancia y la justicia intramuros. Esto a pesar de que el mundo hace ya algún tiempo ha proclamado que: todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos [artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, DUDH]; que toda persona es el sujeto fundamental de todos estos derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, color, sexo, religión, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición [artículo 2 de la DUDH]; que toda persona tiene derecho al trabajo y a condiciones equitativas y satisfactorias del trabajo [artículo 23 de la DUDH].

Estoy seguro que aún leyendo el párrafo anterior, muchos todavía podrían pensar que las condiciones de iniquidad e injusticia se luchan y se resuelven puertas afuera de la empresa, y que el cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, es cosa de políticos y no de gerentes. El que piense así, nuevamente se está equivocando. Recientemente una iniciativa personal del Secretario General de las Naciones Unidas hizo posible un nuevo Pacto Global de la Empresa. Este pacto propone una forma de gestionar los negocios especialmente fundamentada en valores éticos universales.

Y ocurre que uno de los diez principios, específicamente el número seis, propone que las empresas deben apoyar la abolición de las prácticas de discriminación en el empleo y la ocupación. Como no se puede dejar nada a la libre interpretación, este proyecto define claramente qué se entiende por discriminación: "Cualquier distinción, exclusión o preferencia que produzca el rechazo o la desigualdad en las oportunidades o en el trato de solicitudes de empleo o de ocupación" realizada por razón de "raza, color, sexo, religión, opiniones políticas, nacionalidad de origen o extracción social". De manera que toca revisar el corazón de la empresa para saber si se pasa la prueba. El superarla va a tener que ver con algo más que la buena disposición y/o con formas sinuosas de disimular algunos pecadillos que supuestamente garantizan el confort con el que algunos quieren trabajar.

Por eso ya sabes: la próxima vez que te encuentres con un gordo que cumpla con todas las exigencias, pásalo. 

e-mail: vmaldonado@tmotion.net
(*) Politólogo, Master en Desarrollo Organizacional

Asesor de Nuevos Medios: Alcides León
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