|
|
![]() |
| . | ... |
|
El arte de comprar (y vender) arte
Considerado como activo, el arte tiene una tasa de retorno relativamente baja, un alto nivel de riesgo y un costo de formación que legitima a sus compradores. Sin embargo, se trata de un mercado en auge desde 1996, movido mundialmente por la diferencia cambiaria entre el dólar y el euro, con burbujas especulativasque pueden hacerlo atractivo. En las líneas que siguen van algunas claves para considerarlo dentro de un portafolio de inversiones Carlos Delgado Flores
Para algunos economistas comprar arte equivale a comprar joyas, por la condición única e irrepetible de los productos, pero para otros las obras de arte se parecen más bien a los inmuebles. John Picard Stein señala para los objetos de arte una doble condición: como bienes de consumo duradero y como activos financieros. "Su oferta agregada no es ampliable cuando consideramos únicamente el trabajo de artistas ya fallecidos. Son extremadamente heterogéneos, con valores que oscilan desde unos pocos dólares a millones de dólares. Cuando descansan en museos se convierten en bienes públicos, en el sentido de que los servicios suministrados por su visión están al alcance de todo el mundo. Se trata de bienes especulativos, ya que la demanda determina la apreciación futura del precio y el precio futuro esperado determina la demanda. En una palabra, los cuadros son un arquetipo de lo que podría denominarse ‘bienes de coleccionista’ y en esa medida merecen nuestra atención".
¿Por qué comprar? Las obras de arte son objetos de demanda por varias razones. Aquí se ofrecen tres: Una razón "originaria" que se basa en el placer estético que se obtiene al contemplar y poseer la obra. Allí, arte es lo que el comprador considera como tal. Una razón especulativa, que supone a la obra de arte como un activo. Su compra o su venta depende de variables como el interés que suscita o su rendimiento comparado con otros bienes similares. Y una razón ostensible, ya que en la obra se compra no el material ni la firma, sino el "prestigio social", debido al capital humano necesario para disfrutarla. Se compra una imagen: la de ser el poseedor de una determinada formación y sensibilidad. Quien produce la obra de arte suele ser considerado como artista, fabricante de obras únicas, no industriales, consagrado como tal por el mundo del arte. Este "mundo del arte", es el entramado más o menos formal, constituido por críticos de arte, galeristas, historiadores, museólogos, directivos de fundaciones y patronatos de organizaciones dedicadas al arte y expertos de todo tipo, que al final conforman una opinión y tienen una importancia decisiva en la conformación de las valoraciones alcanzadas por el mercado.
¿Cómo se calcula el precio? Los efectos Veblen La obra de arte, aunque de valor incalculable, no tiene un precio único, sino más bien dos: el precio real, que incluye el monetario y los costos de formación del consumidor (cuanto me costó aprender a valorar esto: años de escolaridad, libros leídos, viajes, etcétera), y el precio total necesario, que incluye el costo en moneda y el costo de formación en términos de capital humano, que representa, en realidad, el coste que los demás piensan que el comprador ha tenido que asumir para poder disfrutar de su consumo. Es de suponer que las personas que manifiestan preferencias de consumo ostensible valoran su imagen, de allí que mientras mayor sea el precio total necesario, la demanda será mayor. Un ejemplo: arte abstracto. Para disfrutar de la abstracción hay que comprenderla, para ello hay que compararla con la producción figurativa histórica, generar una intuición sensible, educar la mirada, ver mucho. Todo ello lleva tiempo, viajes, lecturas. Es necesario señalar que la salvaguarda de los derechos de autor, así como el derecho a la participación del autor en un porcentaje de la reventa de sus obras (Droit de Suite consagrado en el Convenio de Berna para la Unión Europea), son algunos de los costos asociados al comercio de la obra de arte. En el caso venezolano, menos elaborado, los impuestos que aplican son: el derecho de autor y propiedad intelectual (todavía sin sistematizar), donaciones y sucesiones (cuando aplica), impuesto al valor agregado (marchands y galeristas son agentes de retención), y derechos aduanales (en caso de comercio exterior). Thorstein Veblen, en su libro Teoría de la clase ociosa, plantea dos efectos del consumo ostensible: el primero, el del "impostor" que obtiene placer de la diferencia entre el precio que los otros creen que paga y el que realmente paga, y al que podría identificarse como el comprador de aquello que es exclusivo que atiende más a la valoración social que al disfrute por la contemplación, y que aumenta sus compras de un autor cuando éste se hace más esotérico y sólo comprensible por los especialistas. Para un mismo precio, estará dispuesto a comprar una cantidad mayor de obras de arte cuanto mayor sea el coste de formación para disfrutarlo: casi todo Hollywood, y muchos banqueros y corredores de bolsa, compran arte así. El otro caso es el del "coleccionista orgulloso". Se trata, sin duda, del caso más interesante: este individuo no trata de engañar a nadie, pero valora el que los demás conozcan su formación y cultura, aunque finalmente compra de acuerdo con lo que realmente disfruta. Son los coleccionistas expertos, los compradores con "buen gusto", que siguen con atención la trayectoria de un artista y compran de él los momentos clave de su producción, las primeras o últimas obras de una serie, los períodos de transición, de manera estudiada y con acierto en la mayoría de los casos. El comportamiento de ambos compradores genera equilibrios en el mercado. Así, si hay una baja en los precios de las obras de un artista, la demanda tendería a bajar por el cese de las compras de los impostores. Si el efecto del precio, por el contrario, incrementa la demanda y el aumento de las cotizaciones de un autor no modifica el costo en formación en que los demás esperan que se incurra para disfrutar de su obra, quienes compran son, igualmente, unos impostores. Sin embargo, los "coleccionistas orgullosos" saben que las cotizaciones se relacionan positivamente con el prestigio de la obra, por lo cual temen que esa reducción en la consideración de un autor afecte a la suya propia como hombre de cultura, por lo tanto, a mediano plazo, tenderán a reducir su demanda. La inversión en autores noveles, prometedores, es más estética que financiera, aunque el consumo ostensible puede seguir modas: ahí está Jean Michel Basquiat, Keith Hearing o Frida Kahlo, disparada cuando Madonna declaró en público su gusto por su pintura. Asimismo, Picasso y Van Gogh, cuando entre 1987 y 1990 los japoneses irrumpieron en el mercado del arte movidos sobre todo por el excedente de dinero que provocaba la gran situación económica del país y por el deseo de encontrar nuevas vías para rentabilizar el dinero. A partir de ciertos niveles de reconocimiento, la obra es fundamentalmente un bien de inversión y su cotización pasa a depender de otros factores como el tipo de interés. El mercado del arte ofrece una rápida diferenciación de sus productos, el público del arte está atento a la crítica y los museos realizan grandes compras de nuevos estilos, ofreciendo en algunos casos información privilegiada a unos cuantos, o por su propio interés educativo realiza redescubrimientos de cuando en cuando. Un caso criollo de esto último es Armando Reverón: desde que se anunció la exposición en el MOMA para 2005, donde los curadores aseguran que lo mostrarán comparándolo con Paul Gaugin y Vincent Van Gogh, los precios de sus obras se han disparado hasta la estratosfera (y eso que la exposición ni siquiera ha inaugurado); incide en esto que la producción del autor es limitada, está catalogada en museos, galerías y colecciones privadas, es difícil de falsificar y, en efecto, sí hay muchas similitudes con estos grandes maestros, que nadie parecía advertir hasta ahora.
Especulación y tasa de retorno. La manera como los compradores deciden hasta qué precio pueden pujar en una subasta es similar a si tienen que calcular la inversión en otro tipo de activo como las acciones de una compañía o bonos del Estado. La única diferencia está en que el activo arte no produce una renta monetaria. En tal caso, los compradores se trazan una expectativa de la plusvalía que la obra les puede reportar al venderla en un determinado lapso, le añaden las rentas generadas (que no necesariamente tienen por qué ser monetarias) y comparan el valor actualizado neto del cuadro con el que obtendrían si invirtieran su dinero en otro activo. El índice común de la valoración de los activos suele ser el tipo de interés más una prima de riesgo. A la inversión en arte puede también aplicársele y con ello estimar una tasa de retorno. La especulación en obras caras afecta también a las de menor precio, aunque de manera más lenta, ya que los galeristas y marchands ajustan los precios de manera gradual para prevenir las caídas, como la sufrida por el mercado mundial del arte por la crisis del sureste asiático (que provocó el cese de la demanda y caídas en los precios de muchos artistas). Dada la rigidez de la oferta, todo aumento de la demanda, aunque al comienzo se salde con un exceso de demanda, a mediano plazo va a elevar los precios, y para evitar que el mercado dé bandazos, los proveedores se aseguran de que el costo de la subida no va a superar los beneficios, es decir, de que no van a tener que corregir y volver a los precios anteriores. Esta estrategia de equilibrio es siempre coyuntural, porque hasta ahora no existe nada equivalente a precios a largo plazo, ni tampoco fuerzas que conduzcan al mercado hacia precios tales, lo que hace plantear a William J. Baumol que "la inversión en arte es como un juego aleatorio de esperanza cero" y que la tasa de retorno de los cuadros es menor que la de la inversión en activos financieros, dado el mayor riesgo del mercado artístico y porque los cuadros también proporcionan un beneficio psíquico derivado de la posesión y observación de las obras. Además:
|
||
![]() |
Asesor de Nuevos Medios: Alcides LeónDINERO es una publicación del Grupo Editorial Producto Piso 7, Torre ACO, c. Orinoco, Las Mercedes, Caracas, Venezuela FAX +58 2 991.31.32 TELF. +58 2 993.50.11 |