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Las dificultades del desarrollo endógeno Nos ha tocado vivir una época de creciente interdependencia económica y política. Somos lo que somos en relación con el resto del mundo, que se encuentra y compite con nosotros en el mercado internacional de bienes y servicios. En el mercado internacional ningún actor tiene el mismo peso o igual significación; al contrario, el espacio del comercio se caracteriza por una desigualdad creciente. Tal y como se acostumbra a decir en los foros especializados, la economía mundial es “un campo de juego” esencialmente desnivelado, determinado por la concentración del capital y la generación de tecnología en los países desarrollados y su fuerte gravitación en el comercio de bienes y servicios. Y estas asimetrías producen efectos sociales concretos, porque son la causa última de las profundas desigualdades en términos de la distribución del ingreso. Justamente, el cociente entre el producto por habitante de las regiones más y las menos desarrolladas del mundo, que oscilaba en torno a 3 a comienzos del siglo XIX, ha aumentado en forma sostenida hasta alcanzar poco menos de 20 veces en la actualidad. El mundo económico en el que existimos. Al hacer el arqueo de las disparidades regionales encontramos que las mismas ya estaban determinadas antes de la I Guerra Mundial, pero siguieron acentuándose rápidamente hasta mediados del siglo XX, y han continuado ampliándose a un ritmo algo inferior desde entonces. América Latina y el Caribe muestran rasgos particulares dentro de esta evolución, con etapas de buenos desempeños relativos (1870 - 1913), y un éxito similar en la primera etapa del “desarrollo hacia adentro” (1945 - 1973). Sin embargo, la característica que marcó a la región en todo el período fue su creciente incapacidad para acercarse sostenidamente a los niveles de los países desarrollados. Períodos de rápidos crecimiento, seguidos de otros con marcada desaceleración y retracción, han obligado a definir a América Latina y el Caribe como un caso de estabilización intermedia en el concierto mundial y de “convergencias truncadas” individuales. Como consecuencia, a partir de 1973 la región ha tenido que conformarse con mostrar un “rezago estructural”, crecimientos deficientes y el acentuado y sostenido crecimiento de las desigualdades entre los países. Es así como cualquier comparación interregional nos muestra cuán diferentes son los países que componen la región, y las razones por las cuales cualquier expectativa de compartir mercados supone algún tipo de riesgo para los países más pequeños y con menor capacidad manufacturera y empresarial. El mercado latinoamericano tiene dos polos económicos, que por su tamaño, están claramente diferenciados: Brasil y México. En un segundo orden se encuentran, Argentina, Colombia y Chile. Le siguen el resto. Valga decir que la referencia al tamaño en este caso está solamente relacionada con su parque empresarial y lo que se supone es su principal atributo: las redes de producción y comercio que supuestamente se articulan a partir de ese dato. Sin embargo, este dato se puede refinar aún más, si incorporamos datos respecto a la productividad total de los factores, y la relación que puede haber entre estos resultados con la volatilidad del crecimiento económico, la elevada subutilización de la capacidad instalada existente y la destrucción de la capacidad de inversión y del capital instalado: Sin embargo, cuando las cifras de productividad se analizan a la luz del desempeño relativo de las PYME y las grandes empresas industriales, se observa un aumento de la heterogeneidad interna, como consecuencia de la desigualdad de las oportunidades con las que cuentan las empresas para afrontar los desafíos de la apertura económica: Al observar los resultados de los cuadros anteriores nos damos cuenta que no sólo tenemos una brecha relativa muy importante respecto de la productividad de los factores, sino que cuando ese dato lo descomponemos en relación con el desempeño relativo de las PYME respecto del resto de los estratos, nos percatamos de que tenemos el peor rendimiento de la región. Pero con esos atributos, la economía venezolana debe hacer frente a tres asimetrías del ordenamiento internacional. La primera de ellas es la altísima concentración en los países desarrollados del progreso técnico, fuente básica del crecimiento económico. Esto significa que en los países desarrollados se localizan no sólo la investigación y el desarrollo, sino también las ramas productivas más estrechamente vinculadas al cambio tecnológico, caracterizadas por un gran dinamismo dentro de la estructura productiva y el comercio mundial, y por altas rentas de innovación. Esos impulsos dinámicos se transfieren hacia los países menos desarrollados por medio de cuatro canales fundamentales: la demanda derivada de materias primas; el traslado hacia los países de la periferia de las ramas productivas que se consideran “maduras”; la transferencia de la tecnología, incorporada en los equipos productivos, y la posible participación de algunos países en las ramas productivas más dinámicas. Lo anterior quiere decir que, aun los beneficios asimétricos de la diferencia de dinamismo técnico, se requiere de países con algún saldo positivo de productividad, que hayan mantenido algún nivel de capital empresarial y que estén dispuestos a organizarse internamente para asumir el reto. La segunda asimetría está asociada a la mayor vulnerabilidad macroeconómica de los países en desarrollo ante los choques externos y los efectos nefastos del empobrecimiento político, económico y social. Las asimetrías financieras se establecen en relación con cuatro características de nuestros países: que la deuda externa se contraiga en dólares y otras monedas diferentes a las de la región; los plazos que se ofrecen en los mercados financieros; el alcance limitadísimo de los mercados secundarios; la relación desfavorable entre el tamaño de los mercados financieros y las presiones especulativas que afrontan. La conjunción de estas presiones ha obligado, la mayor parte de las veces, a adoptar una “macroeconomía de depresión”, frase acuñada por P. Krugman para indicar la triste tendencia de nuestras economías a sufrir ciclos alternos de bonanza y de recesión. La tercera y última asimetría está asociada al contraste entre la elevada movilidad de los capitales y la restricción de los desplazamientos de la mano de obra, especialmente la menos calificada, que conducen a sesgos en la distribución del ingreso, en detrimento de los factores menos móviles. Objetivo PYME. Los puntos anteriores deben haber contribuido a la presentación de un diagnóstico preciso de la baja productividad que aqueja a la empresa venezolana (que está compuesta en su mayoría, por micro, pequeñas y medianas empresas) y de sus efectos en nuestra competitividad internacional. ¿Cómo se puede cambiar este desempeño? La respuesta no es fácil, pero tiene un punto de partida claro y preciso en la obligación de construir un programa concertado, en el que estén incluidos todos los factores, para revertir el proceso de desmoronamiento productivo y reencauzar la economía nacional hacia el crecimiento y el desarrollo. Este punto de partida supone, a su vez, el reconocimiento de lo que actualmente somos, que fácilmente se puede resumir en seis características: la capacidad empresarial está en manos de cientos de miles de pequeños comercios, empresas e industrias que tienen, en promedio, cerca de cuatro empleados. Más de veinte años de desinversión. Una tasa acelerada de empobrecimiento. El desmantelamiento de buena parte de su parque manufacturero. Una crisis educativa que fatalmente impide la constitución de recursos humanos competentes. La ausencia de un proyecto político moderno, compartido por sectores públicos y privados. Si el objetivo final es el desarrollo del país, entonces no queda más remedio que apuntalar a la PYME venezolana. Esto tendría que suponer al menos la siguiente agenda: 1. La definición de un grupo de áreas estratégicas, que incluyan instituciones, programas e iniciativas, donde el impacto sobre las Mypyme sea directo; 2. Lograr un punto óptimo de comunicación y vinculación entre las áreas estratégicas; 3. Su articulación con políticas genéricas que, sin estar diseñadas explícitamente para apoyar al sector empresarial, en la práctica ejercen una influencia positiva. Sin embargo, en la práctica, son más comunes las barreras y los obstáculos que las facilidades de promoción empresarial. El acceso a los recursos financieros en la cuantía necesaria y en las condiciones de plazo, costo y exigibilidad óptimas, son parte de las dificultades esenciales. La realidad muestra un racionamiento perenne de la PYME en el mercado de crédito, probablemente por los conflictos de agencia que surgen entre prestamistas y prestatarios en la relación de endeudamiento. Los conflictos entre los que deben prestar y los que quieren recibir un préstamo tienen tres orígenes: 1. La imposibilidad y el costo que supone acceder a toda la información privada de los accionistas de la empresa, y los prejuicios que se derivan de las incertidumbres que provocan; 2. La responsabilidad limitada de las empresas frente a los acreedores, y las dificultades concretas para exigir la responsabilidad si el marco jurídico se presenta poco transparente, permeable a las presiones y demasiado lento; 3. La distribución asimétrica de los resultados derivados de los proyectos de inversión, o la creencia de que una sola de las partes asume todos los costos y la otra todas las ganancias. De tal forma que las empresas tienen una probabilidad muy alta de exponerse a la aridez financiera cuando ya no pueden financiarse internamente. El endeudamiento más allá del círculo primario de relaciones, sólo es posible si la empresa ofrece garantías adecuadas e informes financieros suficientemente transparentes. De hecho, el obstáculo central está asociado a la información disponible y a los costos de recolectarla, cuando hablamos de la dispersión de la actividad empresarial y su expresión en cientos de miles de empresas pequeñas y medianas. Para el sector financiero, además estimulado a la colocación de los recursos para la intermediación en rubros más atractivos y menos riesgosos (como los bonos y papeles del Estado), el mundo de las PYME está compuesto por empresas desconocidas (sin reputación en el mercado financiero), con estructuras organizativas poco desarrolladas, basadas en la figura del empresario propietario, y que cuentan en general con personal directivo con escasa preparación financiera. En consecuencia, el problema financiero propio de las PYME tiene su origen en un amplio conjunto de factores de oferta y de demanda, que están relacionados con variables internas relativas con las características de la empresa y del proyecto a ser financiado, y variables del entorno, relacionadas con las características del marco legal y del sistema financiero, así como del sector en el que la empresa desarrolla su actividad. El ambiente diferencial de los sectores empresariales. El análisis de riesgo supone que las empresas pertenecientes a un mismo sector de actividad tienden a escoger estructuras de capital similares. Por lo tanto, la estructura de capital óptima y el acceso a las fuentes de financiamiento de las empresas variarán de un sector a otro, dependiendo de los costos y beneficios diferenciales del endeudamiento, que probablemente están ligados a los rasgos distintivos que caracterizan a cada sector de actividad. Las PYME están ubicadas en su gran mayoría en sectores que se presentan como poco atractivos para el financiamiento, dadas las condiciones de la demanda, competencia, costos y otras condiciones del mercado. El ambiente del sector financiero. El racionamiento del crédito puede tener su origen en factores relacionados con el desarrollo, funcionamiento y características del sistema financiero. La capacidad de información limitada, el poco uso que se hacen de los estudios de mercado para caracterizar al cliente local, las directivas corporativas que lucen muchas veces muy descontextualizadas y los fallos en los mecanismos internos de decisión que presentan la mayoría de las entidades de crédito, constituyen fuertes diques en la gestión del crédito empresarial. Las entidades bancarias exhiben muchas dificultades para tener un conocimiento detallado de las oportunidades de inversión y rentabilidad que ofrece cada sector de actividad. No hay informes especializados realizados por expertos externos, ni el banco suele efectuar una evaluación especializada del riesgo con sus propios recursos, blandiendo entonces una maraña de prejuicios como único soportes a las decisiones asociadas al apalancamiento de empresas e industrias. Las características de la empresa. La definición PYME siempre es nacional e inconsistente con el resto del mundo. Pero además, cuando el concepto exige cierta funcionalidad con la tarea de financiarlas, se echan de menos indicadores relacionados con las siguientes variables: a) Un mecanismo de valoración objetivo establecido por el mercado y que indique claramente cuál es el precio de la empresa; b) La responsabilidad ilimitada que en la práctica tienen los propietarios en este tipo de empresas, y por lo tanto, la necesidad de abundar en su diagnóstico y caracterización patrimonial y moral; (c) la necesidad de identificar aquellos factores indicativos de la estructura objetiva de la propiedad, fórmulas concretas de gobierno, reputación y estrategias desarrolladas por las empresas. El proyecto a ser financiado. Además del conocimiento que se logre de la empresa, hay que construir un criterio respecto a las características particulares del proyecto a ser financiado: 1. Las actitudes, experiencia y nivel de preparación del equipo emprendedor; 2. La fase de desarrollo del proyecto; 3. Las estrategias desarrolladas en cada una de las áreas funcionales; 4. la viabilidad económico financiera del mismo. El papel subsidiario del Estado. El que Venezuela pueda tener una nueva época de crecimiento y desarrollo supone el poder resolver el inventario de problemas que aquí se ha presentado. Ello supone la fuerte presencia del Estado para resolver los desequilibrios e ir desollando los prejuicios. Uno de ellos tiene que ver con la solución que tradicionalmente se le da al problema de la desinformación masiva y de la desconfianza que ella genera: garantías reales a cambio de crédito, en relación 3, 4 y 5 a 1. Esta exigencia que supuestamente aprovisiona al sector financiero y desangra al sector empresarial, en la actualidad ni siquiera es viable. Todo indica que el país se ha empobrecido tanto, que ni los empresarios poseen activos suficientes para presentarlos como contrapartes de un crédito. Por lo tanto, el Gobierno debe apuntalar un régimen de garantías cuyo substrato no sea el pedir menos garantías (que no hay), sino el resolver los baches de información de la empresa, las dificultades para acceder a la que está relacionada con el empresario y organizar un sistema que pueda hacerle seguimiento a la trayectoria del proyecto financiado. Todo esto para no seguir en la jugada infantil de que ellos creen que están financiando a las empresas, y los empresarios hacen como si fueran financiados, cuando ninguna de las dos cosas está ocurriendo en la mayor parte de los casos. América Latina: productividad total de los factores
Fuente: Cepal. Además:
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