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Opinión Agenda para los negocios binacionales Josefina García (*)
No obstante, Venezuela sigue siendo un mercado importante de sus exportaciones. Desde 1999 hasta el cierre del 2001 las exportaciones colombianas aumentaron de 49 millones a 111 millones de dólares, más de 100% de crecimiento en dos años. 42% de estas exportaciones tuvo como destino Venezuela, seguido de un lejano 18 % dirigido a Estados Unidos. Por otro lado, recordemos que las exportaciones venezolanas a Colombia crecieron en 274% desde 1990 hasta 1998, manteniendo en ese período superávit comercial. También hay que resaltar que Colombia superó a Estados Unidos como nuestro principal destino de exportaciones no tradicionales durante el período comprendido entre 1993 y 1998. Lamentablemente, las tendencias cambiaron desde 1999. Colombia ha tomado la delantera y sus ventas en Venezuela han mantenido un crecimiento sostenido, mientras que nuestras exportaciones han disminuido. El mercado colombiano, que llegó a representar 30% de nuestras exportaciones no petroleras en 1994 y 1995, representa actualmente 18%. Esta desmejora del desempeño exportador de nuestras empresas se ha debido a un cúmulo de causas que van desde la apreciación del bolívar, la desindustrialización en el país, la falta de políticas industriales y comerciales, la recesión en el mercado colombiano y el recrudecimiento de la guerra en Colombia, entre otras. Por tanto, las primeras medidas para mejorar la relación bilateral pasan por buscar soluciones a estos problemas. Con la convicción de la mutua conveniencia de desarrollar un mercado ampliado regional, es imperativo ponerse de acuerdo en una agenda común que incluya los negocios bilaterales, la asociación para negociar ante terceros (sobretodo en el ALCA), la armonización de políticas macroeconómicas que permita una nivelación del entorno y se pueda competir con base en ventajas competitivas empresariales y no en diferencias en las condiciones y políticas de cada país. La necesaria conciliación de intereses entre ambos países no significa dejar de proteger y ayudar a nuestro sector productivo. Por el contrario, debemos contar con planes coherentes y ambiciosos que lo hagan más fuerte y competitivo. Las medidas proteccionistas dirigidas a obstaculizar la legítima competencia deben reservarse para situaciones extremas y siempre dentro de un clima de comunicación permanente con nuestro socio, en la búsqueda de soluciones negociadas y respetuosas de los acuerdos establecidos. (*) Profesora del IESA |
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