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Análisis Poner en marcha la gran maquinaria Mery Mogollón
En 1998 la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decidió reducir la producción petrolera para recuperar el precio del barril, el cual había caído por debajo de 10 dólares, presionado por múltiples factores. El mercado reaccionó con rapidez ante la salida voluntaria de alrededor de 2 millones de barriles diarios. En 1999 el precio del petróleo recuperó el nivel que tenía en 1997. Sin embargo, para la mayoría de los países OPEP, agotados por deudas y enormes gastos fiscales, no fue suficiente. La política de recortes de producción que tanto daño le hizo a la organización en la década de los años 80 fue mejorada y reeditada, en busca de precios cada vez más altos. Luego de cuatro años, la OPEP se empeña en vivir la ficción de una política de recortes de producción que ninguno de sus miembros cumple ni en la cual el mercado cree. Los precios, como ya ha sucedido en el pasado, se han elevado por sucesos políticos, que impulsan el precio del crudo pero que, aunque intensos, no serán eternos. Tarde o temprano, los países productores de petróleo que viven la actual bonanza tendrán que afrontar la baja, moderada o no, de los precios, como consecuencia de la recesión económica mundial, la cual se ha profundizado gracias al alto costo de la energía y a una sobreproducción OPEP de casi 2 millones de barriles diarios. Las opciones de Venezuela Adoptar una política petrolera basada en precios altos tiene sus consecuencias, siendo la principal y de mayor gravedad la pérdida de la capacidad de producción. Hoy los ingresos en divisas son iguales a los obtenidos en 1997, con un precio de 16 dólares por barril, diez dólares por debajo de la cotización del petróleo venezolano en la tercera semana de septiembre. La diferencia está en que se ha dejado de producir un millón de barriles diarios de crudo, lo que ha llevado a la economía nacional a una profunda recesión, porque se ha detenido la locomotora de la inversión petrolera. Para sacar a Venezuela de la crisis económica en la cual se encuentra, será necesario acometer cambios radicales en el diseño y conducción de la política petrolera. Lo impostergable es recuperar el horizonte de largo plazo, lo cual implica cambios en las reglas del juego para recuperar la confianza de propios y extraños en el negocio petrolero. Dos estrategias convergen en este objetivo: un mayor ingreso en divisas y un crecimiento económico sostenido. En el año 1975 cuando se nacionalizó la industria petrolera venezolana, el ingreso fiscal petrolero era de 9 mil 300 millones de dólares, lo cual en términos reales, si tomamos en cuenta la inflación acumulada, representa entre 25 y 27 mil millones de dólares. Pero, el país ha crecido. Según el último censo, la población ahora es de 23 millones de habitantes, lo cual quiere decir que para recuperar el nivel de vida de hace 30 años, Venezuela necesita un ingreso anual superior a los 40 mil millones de dólares. En Venezuela, equivocadamente, se le atribuyó a la renta petrolera el origen de todos los males. La mala administración y la excesiva dependencia de esa renta han sido los verdaderos culpables de una situación que se hace cada vez más difícil, porque esa renta ya no alcanza para el creciente e ineficiente gasto público y porque se ha pretendido sustituir con ella a una efectiva producción no petrolera. La primera estrategia es aumentar el ingreso petrolero mediante una política de expansión, desarrollo, consolidación, apertura, búsqueda de capitales y tecnología, y de industrialización y diversificación en Venezuela. Esa expansión del negocio tiene que estar alineada con una política radicalmente diferente a la que mantiene el actual Gobierno. La gran locomotora La segunda estrategia tiene que ver con la importancia de darle un crecimiento sostenido a la nación, en un momento en que la economía está en contracción por cuarto año consecutivo. Venezuela tiene la gran maquinaria petrolera. El petróleo representó en forma directa, hasta que llegó este Gobierno, 24% del Producto Interno Bruto, y del restante 76%, 44% dependía de la actividad petrolera por los efectos desencadenantes que tiene su inversión. Cada bolívar que se invierte en la industria petrolera se duplica en la actividad no petrolera. En refinación, petroquímica, gas y otras actividades que vienen de la mano con el petróleo, cada bolívar se triplica, creando mayor riqueza, demanda de bienes, servicios y fuentes de empleo. Para acometer los necesarios cambios, mirar más allá de las fronteras y rebasarlas, Venezuela tiene que encaminarse de nuevo hacia el crecimiento económico, con la palanca que ofrece el petróleo. Sin embargo, será necesario reformar la actual ley de Hidrocarburos, la cual se ha convertido en una camisa de fuerza para la inversión. Otra premisa impostergable será devolver a Pdvsa la autonomía financiera, operativa y gerencial, y poner al frente del Ministerio de Energía y Minas a un líder y un equipo con la experiencia, conocimiento y amplitud requeridas para acometer los cambios. Los países que han sido exitosos en el manejo estatal de su industria petrolera, como Noruega y, más recientemente, Brasil, han contado con la garantía política de un amplio acuerdo nacional con la mira puesta en el horizonte de largo plazo. Estos países han separado en tres sectores muy bien definidos el diseño de la política petrolera, los mecanismos de control y la operación propia del negocio, permitiendo en este último la participación abierta del capital público y privado en proyectos rentables, dentro y fuera de sus fronteras. Hacia el futuro, hay que lograr un balance razonable entre los objetivos de la industria petrolera nacional y las aspiraciones de los gobiernos, en cuanto a ingresos de exportación, ingresos fiscales y propósitos políticos, sin olvidar que para conseguir los recursos financieros que necesita la Venezuela del siglo XXI, habrá que encontrar la manera de abrir espacios en el negocio petrolero a la participación privada, sin sacrificar el control y mucho menos la soberanía.
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