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Las barbas del vecino

En crecimiento económico no existen recetas exactas, pero sí ingredientes básicos: altas tasas de inversión, sustentadas en gran parte con ahorro interno; acumulación de capital humano; inversión en tecnología, creada en el país o transferida de los países ricos, y una buena optimización del consumo

Gustavo Rojas (*)

Qué dicen los indicadores? ¿Cómo se pueden interpretar? ¿Qué tienen en común Venezuela, Madagascar, Malí y Chad? La relación existente (al menos desde el enfoque que queremos dar) es de tipo económico y no deja de ser una curiosidad. En 1990 el Producto Interno Bruto per cápita anual de Venezuela (medido en dólares de 1985) era de 6.070 dólares, una cifra nada desdeñable si se compara con los 6.665 dólares de Corea del Sur en el mismo año. Por otro lado, también en 1990, Madagascar tenía un PIB por habitante de 675 dólares, Malí 530 dólares y Chad 400 dólares, siempre en divisas de 1985. Lo común, sin embargo, entre los cuatro países es que son calificados por la literatura de crecimiento económico (Jones, 1998) como Growth Disasters, o Casos desastrosos.

Entre 1960 y 1990 Venezuela promedió una tasa de crecimiento anual del PIB per cápita de menos 0,5%, mientras países como Hong Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur promediaban un crecimiento entre 5,3% y 6,0% anual.

Muchas son las hipotéticas causas y determinantes de tal comportamiento. El mismo Jones (1998) nos diría que Venezuela no tuvo las mismas tasas de inversión que las economías conocidas como milagrosas (Hong Kong, Corea del Sur, Singapur, etcétera) y por lo tanto no podría esperarse que convergieran con el mismo estado de desarrollo, así como tampoco ha existido la infraestructura institucional que incentivara una mayor transferencia tecnológica de los países desarrollados, aunados a una limitada política de acumulación de capital humano.

Rodríguez y Sachs (1999) atribuyen el problema del decrecimiento económico más bien a un overshooting (o sobresalto) que tuvo la economía, gracias al boom petrolero, que nos permitió vivir por encima de nuestras posibilidades, al tiempo que no se desarrollaba un parque industrial que pudiera crecer al mismo ritmo del sector energético. El hecho de que el petróleo sea un recurso natural no renovable se traduce en un problema de inconsistencia temporal, dado que sería imposible poder mantener los ingresos provenientes del sector a lo largo del tiempo.

Alternativamente, Manzano y Rigobón (2001) explican que ante el incremento de los precios del petróleo en los años 70, muchos países como Venezuela aprovecharon la abundancia de recursos para endeudarse. Posteriormente, con la caída de los precios en los ochenta y el incremento de la tasa de interés mundial, apareció la crisis de deuda y desapareció el efecto de la abundancia de recursos.

Indicadores comparados

La base fundamental del crecimiento económico es la acumulación de capital, la cual se logra a través de la inversión. Singapur mantuvo una tasa de inversión equivalente a 32,6% de su PIB durante 30 años y esto le permitió alcanzar una tasa de crecimiento de 6,38% anual promedio, entre 1960 y 1985. Taiwán invirtió a una tasa de 24,6% y alcanzó un crecimiento de 5,79% anual promedio durante el mismo período. Hong Kong hizo lo propio con 22,9% de su producto y alcanzó un crecimiento anual promedio de 6,27%.

Contrario a lo que se podría pensar, Venezuela también tuvo una importante tasa de inversión de 19,2% de su PIB durante el período mencionado. Sin embargo, existen algunas diferencias fundamentales para que Venezuela tuviera un crecimiento negativo. En primer lugar, mientras Venezuela invertía a una tasa de 19,2% con un PIB per cápita de 6.000 dólares, aproximadamente, Hong Kong invertía 22,9% con un PIB per cápita de 10.000 dólares. En segundo lugar, mientras en los países milagrosos invertían en forma multisectorial, las inversiones en Venezuela eran destinadas en mayor porcentaje a la industria petrolera.

Otro indicador que merece la atención es la educación. Por ejemplo, los países industrializados como Japón, EE UU, Noruega o Alemania, tienen escolaridad promedio entre 9 y 11 años de estudio. Países milagrosos como Hong Kong o Corea, han pasado de una escolaridad de 7 y 4 años de estudio, respectivamente, en 1960, a una escolaridad de 9 años de estudio. En el caso venezolano se logró un importante avance entre 1960 y 1985, al pasar de una escolaridad de 3 años de estudios a 5 años de estudios, pero esto parece no ser suficiente para alcanzar las metas del desarrollo.

La senda del desarrollo

En crecimiento económico no existen recetas exactas pero sí ingredientes básicos: altas tasas de inversión sustentadas en gran parte con ahorro interno; acumulación de capital humano; inversión en tecnología, creada en el país o transferida de los países ricos, y una buena optimización del consumo, especialmente en economías con abundantes recursos naturales.

Asimismo, al plantear una agenda de largo plazo debe establecerse un programa de reformas estructurales que vaya más allá de un simple ajuste macroeconómico. Lo más importante es lograr la estabilización, cambiar la estructura fiscal, comercial y administrativa, y alcanzar madurez institucional que garantice reglas claras.

- Debe alcanzarse un consenso acerca de la política monetaria y cambiaria, y sobre todo, generar expectativas positivas con base en la reputación y credibilidad del BCV.

- En la reforma fiscal, más allá de los incrementos de la tasa impositiva, es necesario hacer del gasto público un mecanismo eficiente de inversión.

- La política comercial debe orientarse hacia el aprovechamiento de nuestras ventajas comparativas y superar el mito de la “industrialización” y el proteccionismo.

- El Estado y las instituciones deben hacerse eficientes en sus procedimientos para reducir los costos de transacción. La tecnología debe incorporarse a este sector.

Nada de esto es nuevo. Existe consenso acerca de que estos lineamientos son básicos para sentar las bases del desarrollo sostenido. El problema, empero, es la ausencia de cooperación estratégica entre los distintos sectores de la sociedad. Entender que al cooperar todos podemos beneficiarnos como sociedad, forma parte de esa madurez que deben alcanzar los principales actores sociales.

Un importante punto de partida para el establecimiento de una agenda para el desarrollo podría ser el concepto propuesto por el Premio Nóbel de Economía, Amartya Sen, para quien las sociedades que alcanzan el desarrollo son aquellas donde las personas tienen la libertad para escoger su modo de vida. Otra meta podría ser reducir la brecha tecnológica que nos separa de los países ricos.

(*) Economista. Egresado del Master en Políticas Públicas del IESA. Profesor de Economía de la Universidad Santa María.

Referencias:

[1] Barro, Robert y Xavier Sala-i-Martin (1999): Economic Growth. MIT Press.

[2] Jones, Charles (1998): Introduction to Economic Growth. Norton & Company.

[3] Manzano, Osmel y Roberto Rigobón (2001): Resource Curse or Debt Overhand? NBER w8390.

[4] Rodríguez, Francisco y Jeffrey Sachs (1999): Why Do Resource-Abundant Economies Grow More Slowly? Journal of Economic Growth, 4:277-303 (septiembre, 1999).

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