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Rumbo perdido Si el planeta fuese un parque infantil, Venezuela sería el subibaja. Tan cíclico y seguro como el fenómeno de El Niño (incluso, a veces tan perturbador como fue éste para el clima mundial), el comportamiento económico nacional, cada cuatro o cinco años, oscila entre períodos de bonanza y momentos de aguda recesión y vacas flacas. El precio del petróleo es el principal elemento que desata esas tormentas económicas, tan benéficas a veces como un buen aguacero lo es para los sembradíos, como negativas, cual sequía que marchita el campo antes regado. Tan cíclico ha sido el fenómeno, tan predecible quizás, que en el fondo todos los venezolanos saben exactamente a qué atenerse y esperan a que la cosa vuelva a mejorar. Con la experiencia del Viernes Negro de 1983, la botija vacía de 1988-1989, la crisis bancaria de 1994 y la abrupta caída del crudo en 1998, era poco plausible pretender que las vacas gordas de los años 2000 y 2001 fueran a durar mucho. Sería un sueño de tontos. El problema que se plantea en los actuales momentos es que cada vez que hay bonanza, la calidad de vida del venezolano logra, si acaso, alcanzar niveles que se vivieron hace 10 años. Pero cada vez que baja, el retroceso duplica esa cifra. No en balde expertos consideran que el nivel actual es similar al vivido en 1980. Es decir, cada día se es más y más pobre. Otra situación cíclica es la repetición perversa de las mismas políticas económicas. De memoria corta, el venezolano y quienes gobiernan al país olvidan que siempre viene una mala racha después de una buena. Sin embargo, cada vez que se presenta la bonanza las medidas tomadas para aprovecharla están signadas por el cortoplacismo y el aprovechamiento inmediato de lo que se percibe. No se busca, o no se ha logrado por lo menos, desatar el nudo que ata al país de su más preciado recurso. No obstante, existe un nuevo factor, a consideración de los analistas. A diferencia de las otras bonanzas, que sirvieron (aunque tímidamente) para apuntalar el crecimiento de otros sectores productivos, el aumento del precio del crudo en estos dos últimos años fue el único factor de crecimiento del país. Es decir, no contagió a los otros sectores de progreso. Los recursos recibidos fueron destinados a gasto corriente, que no a inversión. Una de las razones fue la falta de estrategias económicas coherentes y la alta rotación de personas en los puestos clave: cuatro ministros de Finanzas, cuatro presidentes de Pdvsa, tres ministros de Infraestructura, dos de Industria y Comercio, uno de Producción, cuatro ministros de Trabajo y tres superintendentes del Seniat. Ante esto, es poco probable lograr una coherencia y seguimiento en el manejo de las políticas públicas. Por eso, ahora que entramos nuevamente en crisis, las perspectivas son menos halagüeñas que nunca. Si ningún sector demostró crecer, apoyándose en el portaaviones petrolero, su recesión será aún más lastimera y agrandará la brecha fiscal que se avecina. Pero siempre hay alternativas. Como no queda más remedio que sacar al país del pozo en el que cíclicamente se estanca, DINERO decidió olfatear la vida productiva del país en busca de acciones y soluciones que diferentes sectores productivos implementarán para aminorar las pérdidas. Y aunque los analistas más pesimistas sostienen que en esta oportunidad la situación es de tal gravedad que no pronostican segundas partes, siempre habrá un sector, un emprendedor, un empresario dispuesto a poner el hombro para cambiar el panorama.
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