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Ángel Sánchez no se queja Quien diga que llegó a Estados Unidos y arrasó, miente... Porque aún no es así. El diseñador venezolano reconoce que todavía queda mucho por recorrer para ser un diseñador tan reconocido como los grandes de la moda. Pero está satisfecho con lo que ha alcanzado en su periplo por el norte. "Lo importante no es vender, sino seguir vendiendo" Juan Ignacio Cortiñas S
Y, según él mismo cuenta, el proceso no fue coser y hacer vestidos. Hubo de realizar mucho pespunte y zurcido invisible, mucho descoser y volver a bordar. Pero valió la pena. "Lo mío fue más intuitivo. Gustar o no gustar en el mercado de la moda es sumamente impreciso. Mi producto es muy exclusivo, y va a un mercado bastante restrictivo. Tuve que ajustarme a las necesidades de ellos, las estaciones, los mecanismos de producción, trabajar para dos colecciones anuales y no una como hacía en Venezuela. En cierta manera si tú tienes la constancia y demuestras que tu producto tiene calidad, la permanencia en el mercado de la moda norteamericano es posible. Además, si mi trayectoria ha tenido un paso modesto es porque los niveles de inversión son gigantescos si quieres competir con marcas reconocidas. Por más grande que tú puedas ser en Venezuela sigues siendo chiquito en Estados Unidos. Aparte de eso, el campo de la alta costura es mucho más difícil que el prêt-á-porter, destinado más al consumo de masas". A diferencia de Venezuela, donde Sánchez tiene su propio atelier donde vende y atiende a sus clientes, en Estados Unidos tuvo que hacer contactos con grandes cadenas de tiendas de moda, "que es un mercado más impersonal". La ventaja del market neoyorquino es que siempre está abierto a nuevos talentos. Fue un peregrinaje por varias tiendas pidiendo citas, escuchando de ellas que la ropa era "muy latina". Hasta que una de ellas aceptó acoger sus vestidos, previo cambio de algunos conceptos. "Y prepararon inmediatamente una presentación especial tipo desfile, y me dedicaron las vitrinas de Fifth Avenue. Eso fue en 1994". "Lo importante no es vender, sino seguir vendiendo", pontifica Sánchez, para dar a entender que, más que llegar, lo importante es mantenerse. Y para ello hizo falta mucho esfuerzo y sacrificio. Permanecer mucho más tiempo en Estados Unidos que en Venezuela, abrir oficinas en Nueva York, modificar en cierta manera su estilo para hacerlo más acorde con los gustos del nuevo país, convencer a sus potenciales y ahora seguros clientes que la calidad de los vestidos hechos en Venezuela era igual o mejor a la que ellos estaban acostumbrados. Irse dando a conocer entre los medios fashion, conceder entrevistas, moverse en un terreno al principio ajeno y movedizo hasta lograr dar pasos firmes. Los ocho años de experiencia como diseñador le dieron claves para entender el cambio en los procesos y adecuarse al nuevo paradigma. "Yo fui para quedarme y he hecho toda una evolución en mi vida para adaptarme a los requerimientos del mercado". Sus trapos son vendidos en una veintena de tiendas en las principales ciudades de Estados Unidos; en sitios como Barney's y Sacks. Además, tiene presencia en Panamá, Colombia y México, países donde sus productos son bien aceptados. Los vestidos para novia, una rama no muy cultivada por los diseñadores en Estados Unidos, son mostrados en un show room ubicado en la Seventh Avenue de Manhattan y vendidos en tiendas especializadas. En un futuro cercano confía ver su nombre en un local propio en Nueva York. "Sería la forma de jugar un poquito más en la arena de mis competidores". Pero eso todavía son palabras mayores: cada dólar que hay que gastar allá es desproporcionado con la capacidad de producirlos en el país. Más aún cuando el camino a veces se empeña en mostrarse áspero: tenía pautado para el jueves 13 de septiembre la presentación de su colección de invierno 2001-2002 en la Gran Manzana. El infame ataque al World Trade Center frustró el evento.
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