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De muerte lenta

Decía un filósofo ilustrado que el colmo de la felicidad es la suma de la ignorancia... o de la inocencia. Algo así está pasando en Venezuela y, cabe decir, en América Latina. Todos los signos empresariales insinúan con claridad el estancamiento. Son siempre las mismas empresas las que encabezan el ranking, son siempre las mismas empresas las que participan en el ranking y la novedad no tiene ningún otro origen que el contar cuántas desaparecieron en el último año, bien sea porque fueron "fusionadas" o porque simplemente quebraron. El proceso dinámico es claramente entrópico; simplemente mueren más de las que surgen en el mismo período, a pesar de los anuncios gubernamentales de nuevas inversiones y del esfuerzo bienintencionado de sus actores políticos. Sin embargo, todas las evidencias indican que no es así. El proceso de globalización ha demarcado el terreno de los ganadores y nosotros no estamos dentro; ahora las decisiones importantes de las empresas no se toman en Venezuela ni pensando en el país como un proyecto político y social, sino como parte (y no la mejor parte) de un mercado ampliado en el que necesariamente se confunden intereses financieros y estrategias de rentabilidad que no dudan en sacrificar cualquier variable diferente al costo y a la maximización de las ganancias. Muchos suspiraron aliviados al participar de ese proceso porque suponían beneficios tecnológicos que debían transformarse automáticamente en mejores servicios públicos, mejores productos y precios más accesibles al bolsillo del consumidor. Poco o nada de eso ha ocurrido; exceptuando el sector de las telecomunicaciones (todavía muy costoso) todos los demás sectores han mantenido sus estándares de servicio, sin que haya algún indicio de mejora en el corto plazo. Lo que ha ocurrido realmente es un empobrecimiento progresivo de la "empresarialidad" venezolana. Se perdió el control de los mejores nichos de mercado y los sectores tradicionales están desapareciendo progresivamente. Cuando los tecnócratas aluden a la situación, inmediatamente afirman que "hubo empresas en Venezuela que nunca debieron crearse" o "qué le vamos a hacer, esos son los costos de la globalización... los mejores arrasan con los menos competitivos..." ¡Puro neodarwinismo económico! que tranquiliza las conciencias de los que simplemente no encuentran otra respuesta en posturas económicas asumidas como ideologías fundamentalistas.

Sin embargo el problema es mucho más complejo y de ese tramado son pocos los que no han intentado una puntada. En primer lugar, no cabe duda de que el Estado venezolano no ha sabido manejar el complejo que le proporciona el control de la renta petrolera y el poder distributivo que se deriva de ella; por eso ha venido renunciando al papel de socio capitalista de grandes proyectos empresariales ante las evidencias de corrupción y malos manejos. Esto ha significado en la práctica que cualquier emprendimiento de envergadura no cuente con recursos nacionales suficientes para concretarlos y sí para llenar el país de distinguidos propietarios de máquinas de coser, convenientemente financiadas por el Fondo de Microfinanzas. ¿Tendremos la visión de convertirnos en un país de costureras?

En segundo lugar hay que ubicar el desastroso papel de nuestros intelectuales, que se comportan como consumidores adictos de modas económicas y de tendencias del comercio internacional. Las dos últimas décadas han sido el escenario del "corre corre" ideológico que transformado en "discursos soportes" de las políticas públicas han terminado por minar las bases de la empresa nacional. Lo triste es que casi ninguno se ha quedado en el país para vivir los efectos de sus propuestas, aunque de vez en cuando vienen a dictar una conferencia magistral, para explicar por qué las cosas no salieron bien. Es el costo de repetir sin criterio y de no intentar conocer las peculiaridades de nuestra economía real, para tratar de proponer soluciones a sus problemas.

Por último, nuestros empresarios ya están cansados. No ha habido un relevo generacional exitoso en el manejo de estrategias acotadas de crecimiento. Los peores fracasos empresariales han ocurrido por la tendencia a la expansión ilimitada y a creer que "si se gerencia uno, se pueden gerenciar tres; no importan las distancias...". ¡No es cierto! La gerencia es un recurso que puede conducir al éxito si se respetan ciertas reglas, entre las cuales está el mantener el foco del negocio y el delimitar la cobertura de la responsabilidad a ámbitos razonables.

Otro problema de nuestras empresas es su baja orientación al cliente y al mercado; nuestros empresarios y gerentes se manejan muchas veces con la arrogancia de un déspota oriental, pierden el contacto con los clientes y maltratan a los proveedores. Muchas empresas públicas y privadas se conducen bajo la dictadura del flujo de caja y de la ingeniería financiera, que se convierten en los únicos fines y en los únicos medios, pero que en el camino matan la buena disposición de su mercado. Días de pago los viernes por la tarde, retardos burocráticos para reconocer las deudas legítimamente contraídas, el incumplimiento de las garantías y la ausencia del servicio posventa, la atención descuidada e incluso altanera colocan al consumidor venezolano en la acera de enfrente, sin sentir ningún vínculo con su mundo empresarial ni entender la necesidad de mantenerlo a toda costa.

¿Quién le pone el cascabel al gato? Todavía no hay una respuesta unánime. Unos apuestan al tiempo, otros a la revolución educativa, incluso hay quienes dicen que la necesidad procurará, tarde o temprano, los vínculos necesarios. Mientras tanto, nuestro mundo empresarial seguirá progresivamente adquirido, fusionado o abandonado a su suerte que no será otra que la muerte lenta.

Víctor Maldonado
Politólogo/Director de Insotev

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