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La revolución permanente: los dilemas del poder El realizar una evaluación política e institucional del segundo año del gobierno del presidente Hugo Chávez es una tarea, a la vez que atractiva, llena de dificultades que solo se pueden salvar si acertamos en la caracterización, significado y misión que éste le asigna a su gobierno, a su papel dirigencial y al manejo del pluralismo que, quiéralo o no, modera su gestión y la calibra Víctor Maldonado* El año 2000 fue el escenario de los éxitos en serie de la revolución política permanente y la implantación totalitaria de la presencia de su líder; la renovación de todo el sistema político y el cambio radical de sus supuestos constitucionales que ocupó la agenda pública venezolana de enero a diciembre. Dos aspectos tuvieron una presencia constante en el proceso: el apoyo fascinado e incondicional de las masas y la imposición de un discurso ideológico alienante y enfocado en un solo objetivo: la dominación política global, arrogándose unilateralmente la interpretación de la voluntad del pueblo. Tal y como estaban las cosas al inicio de su período presidencial, la tarea de refundar el país político era relativamente fácil. Nadie en su sano juicio puede defender vehementemente los resultados políticos acumulados en las dos últimas décadas del siglo xx, aun cuando este prurito por tomar partido a partir de consideraciones metafísicas y éticas, haya dejado el campo libre para que se impusiera sin demasiada resistencia una interpretación interesada y falaz de las causas, motivos y circunstancias que ocasionaron el desmadre del país y la forma de resolverlo. Por otra parte, el movimiento perpetuo que caracteriza a este tipo de regímenes, "que sólo pueden hallarse en el poder mientras estén en marcha y pongan en movimiento a todo lo que exista en torno a ellos" (Arendt, 1.951), produce adaptabilidad en la misma medida que inconstancia como signo inequívoco de la gestión. Ciertamente, ha habido un vector claramente identificable en lo político que ha solapado todas las otras dimensiones de la gestión de gobierno; además, la velocidad conque se superaron cada una de las metas políticas emprendidas ha hecho creer al Presidente que simultáneamente y con los mismos recursos de influencia y dirección se puede acometer una obra de gobierno. Éxito político y cambio social. Este es precisamente el problema aquí y ahora: la paradoja del gobierno de Chávez es que poseyendo todos los instrumentos de poder gubernamental no termina de encontrar las vías para lograr un éxito similar al alcanzado en el plano político en los cinco ámbitos propios de la acción pública: (a) La protección al ciudadano; (b) El desarrollo económico; (c) La libertad social; (d) La identidad nacional, y (e) El desarrollo humano. La crisis inmanente del gobierno tiene que ver precisamente conque habiendo apostado todo al cambio por la vía de la reforma normativa y la renovación de la clase política, estas transformaciones no han impactado positivamente en aspectos cruciales como la seguridad, el bienestar económico, la paz y el sosiego ciudadano, la identificación con las metas nacionales (mayor orientación política) y mayores posibilidades de autorrealización personal. Por supuesto que lo dicho no significa ausencia de realizaciones, sino que lo hecho no cubre las expectativas que el mismo Chávez ha planteado de su gestión ni justifica su interpretación de la realidad nacional; no hay ausencia de logros y sí una tendencia manifiesta hacia la ineficiencia de lo que se intenta hacer, que si no se corrige puede terminar por desgastar ineluctablemente a la figura dirigente de un proceso cuyas ofertas de realización están montadas sobre una ideología revolucionaria y un discurso radical. Y precisamente el principal problema de la gestión de gobierno es que está catapultada sobre un discurso político que saca de quicio a las posibilidades institucionales de la administración pública e introduce distorsiones seriales que dificultan la necesaria reconciliación del dirigente con la realidad, que es una condición imprescindible para mejorar la performance de ejecución. Tal y como lo dice Arendt (1.951): "El poder significa un enfrentamiento directo con la realidad, y el totalitarismo en el poder está permanentemente preocupado de hacer frente a este reto. La propaganda y la organización ya no bastan para afirmar que lo imposible es posible, que lo increíble es cierto, que una insana consistencia domina al mundo. El principal apoyo sicológico de esta ficción -el resentimiento activo contra el statu quo que las masas se niegan a aceptar como el único mundo posible- ya no está allí; cada migaja de información que se filtra a través del telón de acero, establecido contra la siempre amenazante inundación de la realidad del otro lado, del lado no totalitario, es un peligro más grande para la dominación totalitaria que lo que fue la contrapropaganda para los movimientos totalitarios." (Arendt, 1.951) Causas del fracaso y requisitos para el éxito. La paradoja de un año con arrolladores éxitos políticos y un contundente fracaso en la gestión de gobierno nos obliga a buscar alguna respuesta sensata. Por alguna razón el gobierno no terminó de entender que lo político era tener un plan de acción factible de hacer, sin vínculo con la emoción del momento mediático, y que lo revolucionario era precisamente hacerlo. Y esta confusión inexplicable probablemente tuvo que ver con el peculiar estilo de trabajo que el Presidente le imprime a su gabinete ejecutivo. Dos aspectos le son característicos: el primer aspecto es que los planes y programas sectoriales se realizan para ser presentados por el presidente Chávez en cadena, lo que le imprime a esta actividad una peligrosa tendencia a sobreofertar y a adaptarlos a orientaciones generales poco elaboradas, como ha sido el caso de todo lo que se ha intentado hacer alrededor del eje Orinoco-Apure. El segundo aspecto tiene que ver con la mínima división del trabajo que muestra el alto gobierno; muchos analistas dicen que nadie puede negar la importancia que en el éxito de una gestión política tiene la comunicación. Lo que nadie puede aprobar es que esta actividad sea la única importante, y que por ello el Presidente estime que el tiempo que él invierte en mantener la fascinación de sus adeptos, lo pierda el alto gobierno siendo su auditorio. La sensación que trasmite este estilo es una ausencia de rigor ejecutivo cuyos resultados están a la vista. ¡¿Cuándo despachan? ¿Cuándo gerencian?! son dos interrogantes cuya respuesta no puede ser la épica que intenta convencernos de que este equipo nunca duerme, entre otras cosas porque dedicar horas de sueño aclara la mente y fortalece el sentido de realidad. Y precisamente este último aspecto no puede dejar de considerarse. La agenda presidencial está montada sobre el supuesto de que su titular tiene cualidades olímpicas, una resistencia propia de dioses, lo que le permite trabajar 20 horas diarias, recibe cuentas de media noche y tiene reuniones de gabinete en las madrugadas. De más está decir que aún cuando esa capacidad fuera cierta, ese estilo de calistenia ejecutiva no se ha traducido en una percepción pública generalizada de que las metas colectivas se están logrando. ¿Qué dice la gente en la calle? Que no se ha hecho mucho, pero que el nudo gordiano dejado por el antiguo régimen ha sido difícil de cortar, que "hay que darle un chance porque este sí es uno de los nuestros". Tal vez en la justificación popular haya mucho de verdad, pero esa misma gente le ha dicho a su Presidente que preferirían que hablara menos y que hiciera más, lo que implica por parte del presidente Chávez un cambio en su estilo de gerenciar al país cuyo primer beneficiario sería él al cimentar su poder presentando el próximo año logros estructurales que vayan más allá del inventario de cortes de pelo hechos por un programa social. *Politólogo |
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